México ante la nueva era de la movilidad

El automóvil dejó de ser solo una máquina: hoy es un sistema digital, energético y de servicios que está redefiniendo la movilidad global. México forma parte de esta transformación, pero enfrenta una disyuntiva crítica: ¿liderar el cambio o limitarse a fabricar para otros? En este artículo exploramos cómo el paradigma CASE está reescribiendo las reglas del juego y por qué las decisiones que se tomen ahora marcarán el lugar del país en la próxima década.

ESCENARIOS FUTUROS

Por Francisco Rangel Cáceres

2/18/20264 min read

Hace unos días tuve la oportunidad de asistir a un programa de entrenamiento en la sede central de la planta de Mazda, en Hiroshima. Ahí, especialistas en electromovilidad compartieron, de primera mano, su experiencia en tecnologías de producción y en los exigentes estándares de calidad que hoy demanda el vehículo eléctrico. Sin embargo, más allá del contenido técnico, esas conversaciones dejaron una pregunta que, como país, ya no podemos seguir postergando: ¿seremos simples espectadores del nuevo paradigma de la electromovilidad o asumiremos un liderazgo real en su construcción?

Durante décadas, la competitividad de la industria automotriz se sostuvo en el dominio de capacidades mecánicas —motor, transmisión y plataforma— y en la eficiencia de los procesos industriales. Ese modelo fue exitoso, pero hoy resulta insuficiente. La industria atraviesa una transformación estructural: el vehículo deja de ser un producto esencialmente mecánico para convertirse en un sistema electrónico-digital, definido por conectividad permanente, sensores, computación embebida, software actualizable y servicios centrados en el usuario.

Como una forma de sintetizar las megatendencias que hoy reconfiguran la industria automotriz y la movilidad global, a mediados de la década de 2010 emergió el paradigma CASE (Connected, Autonomous, Shared, Electric). Este acrónimo no es un simple catálogo de tecnologías, sino un marco estratégico que integra cuatro dimensiones interdependientes: vehículos conectados, conducción automatizada, movilidad compartida y electrificación.

La clave radica en la convergencia y combinación de estas dimensiones. A diferencia de enfoques fragmentados, CASE permite comprender que la verdadera ventaja competitiva surge cuando estas tecnologías se diseñan y operan como un sistema integrado. Por ello, sus impactos son profundos: transforman el diseño de los vehículos, la manufactura, la cadena de suministro, los modelos de negocio, la infraestructura energética y digital, así como la regulación y la formación de talento.

Los principales fabricantes ya lo entendieron. Iniciativas como Woven City de Toyota muestran cómo la movilidad se concibe hoy como un ecosistema integrado. Volkswagen avanza en modelos de movilidad como servicio y en la integración vehículo–red eléctrica. Mazda ha incorporado CASE en su visión Sustainable Zoom-Zoom 2030, con una estrategia gradual pero consistente basada en electrificación progresiva, conectividad centrada en la persona y alianzas selectivas.

Un caso especialmente ilustrativo es EV36Zero de Nissan en Sunderland, Reino Unido. Ahí, la convergencia entre industria, tecnología y gobierno local ha transformado a una ciudad en un laboratorio real de movilidad conectada, autónoma, compartida y eléctrica. La planta integra producción de vehículos eléctricos, una gigafábrica de baterías y un microgrid basado en energías renovables, bajo un esquema de inversión público-privada orientado al empleo, la infraestructura y la sostenibilidad. Demuestra que, cuando existe visión sistémica y voluntad política, el ecosistema puede construirse.

México llega a esta transformación desde una posición ambivalente. Por un lado, es una potencia automotriz manufacturera, profundamente integrada a la cadena de valor de Norteamérica y con un peso relevante en exportaciones, incluidos vehículos híbridos y eléctricos. Por otro, enfrenta brechas estructurales que limitan su capacidad para capturar el valor estratégico del paradigma CASE.

Existen avances en electrificación, impulsados por la capacidad productiva instalada. Sin embargo, persisten rezagos críticos en infraestructura de recarga, redes de transmisión y certidumbre regulatoria. En conectividad, hay una base industrial en IoT y digitalización, pero la cobertura desigual, la falta de estándares y el déficit de talento especializado frenan su consolidación.

Las brechas son aún más profundas en autonomía y movilidad compartida. La conducción automatizada permanece confinada a entornos controlados y carece de un marco regulatorio integral. La movilidad compartida avanza de forma fragmentada, sin integración de datos, tarifas ni electrificación de flotas. Existen iniciativas aisladas, pero no un sistema de movilidad integrado, que es precisamente la esencia del paradigma CASE.

El riesgo estratégico no es quedar fuera de la industria, sino quedar atrapados en un modelo de “maquila CASE”: producir vehículos para otros, mientras el valor —software, energía, datos y servicios— se captura fuera del país.

El verdadero desafío para México no es tecnológico, sino sistémico. CASE redefine la competitividad automotriz: ya no basta con fabricar bien; es necesario orquestar el sistema completo. Energía, conectividad, regulación, infraestructura, movilidad y talento deben alinearse bajo una visión común.

La ventana 2026–2030 será decisiva. Las decisiones que se tomen hoy definirán posiciones estructurales para la próxima década.

Por ello, el país necesita implementar una Estrategia Nacional CASE, con gobernanza transversal y visión de largo plazo. Debe acelerar la modernización de la infraestructura eléctrica y de recarga como política industrial. Requiere marcos regulatorios tipo sandbox para autonomía, V2X y datos vehiculares. Y, de manera urgente, una política nacional de formación de talento en software automotriz y sistemas CASE, con una vinculación profunda y permanente entre industria y academia.

En conclusión, el paradigma CASE no redefine solo al automóvil: redefine la política industrial, energética y de movilidad. México ya forma parte de esta transformación; la pregunta es desde qué posición. Orquestar CASE como un sistema nacional integrado marcará la diferencia entre liderar la próxima década o limitarse a producir para quienes sí controlan el sistema.