¿En qué momento dejamos solos a los maestros?
Este artículo invita a una reflexión profunda sobre el papel de la familia, la escuela, la ley y la sociedad en la formación de nuestros hijos. Con ejemplos reales y una mirada comparativa hacia otras culturas, se cuestiona la pérdida de valores, el debilitamiento de la autoridad del maestro y las consecuencias de educar sin límites. Hace un llamado urgente a padres, directivos, autoridades y legisladores a asumir su responsabilidad y actuar antes de que el costo sea irreversible.
HABILIDADES BÁSICAS
Por Francisco Rangel Cáceres
2/21/20264 min read


Hace unos días recibí la llamada de un maestro de primaria. Desde el primer instante, su tono de voz transmitía preocupación y urgencia. Me pidió ayuda para dejar el aula y moverse a una posición administrativa. Le pregunté por qué quería hacerlo, si se había preparado para ser docente y si, siendo además joven y activo contaba con el perfil ideal para aportar al bienestar de la niñez.
Su respuesta me dejó profundamente sorprendido.
Me explicó que el entorno laboral en su escuela se había vuelto insostenible. Si, a juicio de algunos padres de familia, la carga de tareas era “excesiva”, acudían directamente a reclamarle al maestro e incluso lo amenazaban con denuncias legales. Lo más doloroso —me dijo— era que, en lugar de mediar y proteger a su equipo, el director se alineaba con los padres, dejando solos a los docentes.
Hoy, ejercer la docente se ha convertido en una labor cuesta arriba. Muchos maestros ya no se atreven a dejar tareas ni a exigir actividades que refuercen el aprendizaje, por temor a represalias. Educar con rigor y compromiso se ha vuelto, paradójicamente, un riesgo.
Esta conversación me obligó a reflexionar:
¿En qué momento perdimos el rumbo como sociedad?
¿Dónde quedaron aquellos años en los que el maestro era una figura respetada incluso fuera del aula, formador de conocimientos, valores y carácter?
Estoy convencido de que la educación inicia en el hogar. Los padres de familia somos un pilar fundamental. Los hábitos y los valores no se enseñan con discursos: se aprenden con el ejemplo y la disciplina cotidiana.
Hoy, muchos especialistas coinciden en que parte de la pérdida de valores en niños y jóvenes está relacionada con el exceso de pantallas, la influencia de ciertos contenidos, la presión social y la escasa presencia de los adultos en su formación. Cuando como padres dejamos de involucrarnos, otros terminan educando por nosotros.
A esto se suma una cultura cada vez más individualista, donde se evita poner límites, exigir responsabilidades o transmitir valores de manera constante. Sin darnos cuenta, dejamos de enseñar lo básico: el respeto, el esfuerzo y la importancia de cumplir normas.
Cuando un niño crece sin respeto al maestro ni exigencia por aprender o superarse, las consecuencias son claras. En el futuro difícilmente será una persona respetuosa, responsable o comprometida; el esfuerzo por alcanzar mejores estándares será mínimo.
Por mi trayectoria profesional he viajado a Japón en tres ocasiones. No es algo que me hayan contado: lo he vivido de primera mano, y esa cultura tiene mucho que enseñarnos.
En mi última visita, al descender del avión y recorrer los andenes del aeropuerto de Narita, un compañero de viaje me dijo en tono de broma:
—Te daré mil yenes por cada grafiti o chicle que encuentres en el suelo.
Como visitaríamos cuatro ciudades, me entusiasmé. Pensé que, tarde o temprano, encontraría alguno. Estuve atento todos los días del viaje. Para mi sorpresa, no vi ni un solo. Caminamos calles, andenes y estaciones; subimos y bajamos trenes, así como pasos peatonales; … nada.
En Japón se predica con el ejemplo. El orden y la limpieza no se imponen, se viven. Son parte del ADN de la población. Las calles lucen impecables, no se ven luminarias fundidas o instalaciones en mal estado, las reparaciones se realizan por la noche y, al día siguiente, resplandecen como nuevas. En los espacios públicos hay pocos botes de basura y, aun así, la gente guarda sus desechos hasta encontrar dónde depositarlos.
Esto ocurre en uno de los países más poblados del mundo, gracias a su cultura: lo que se aprende desde la infancia.
Desde temprana edad, se fomenta el respeto, el orden y la limpieza. En la escuela además de las actividades académicas, deportivas, artísticas o culturales los estudiantes participan diariamente en la limpieza de salones, pasillos y baños. Estos hábitos se transforman en valores que los acompañan durante toda la vida, guiando su desarrollo personal y profesional.
Este énfasis en la disciplina, el esfuerzo personal y la formación en valores ha permitido que su sistema educativo sea reconocido internacionalmente. En este contexto, el rol del profesor goza de un alto estatus social y salarial, y los docentes son ampliamente respetadas por la comunidad.
No se trata de una sociedad perfecta, sino de una que cree en la mejora continua como estilo de vida.
Hoy es urgente recuperar la esencia del México de nuestros padres y abuelos: un país donde la familia era el núcleo social; el respeto a los mayores era la norma y los maestros ejercían un liderazgo que trascendía las aulas.
Un principio básico de calidad señala que todo comienza con orden, limpieza y respeto a las normas. Esto también aplica en la vida personal. Cuando lo vivamos en casa con hechos —no solo con palabras—, nuestros hijos lo reproducirán de forma natural.
Hoy no basta con diagnosticar el problema Es momento de actuar.
A los padres de familia nos corresponde asumir nuestro papel como primeros educadores y respaldar a los maestros.
A los directivos escolares, ejercer un liderazgo ético que proteja al docente y fortalezca la escuela.
A las autoridades educativas, garantizar dignidad, respaldo institucional y certeza jurídica en el aula.
Y a los legisladores, construir leyes desde la realidad escolar, no desde el escritorio.
La propuesta es clara: marcos legales que definan responsabilidades, mecanismos de mediación y protección jurídica para los docentes, y normas centradas en el interés superior del aprendizaje, no en la judicialización de la escuela.
La educación no se mejora debilitando al maestro, sino fortaleciéndolo.
Es tiempo de acompañar a los maestros.
Es tiempo de que la ley respalde a la escuela, no que la inmovilice.
Es tiempo de volver a educar como sociedad.
Es tiempo de actuar, antes de que el costo sea irreversible.
